
"He visto un caracol, se deslizaba por el filo de una navaja, ese es mi sueño, más bien mi pesadilla, arrastrarme, deslizarme por todo el filo de una navaja de afeitar, y sobrevivir."
Hoy me despertó un entendimiento atroz: había perdido el miedo a mis pesadillas. A todas ellas. A todas…
Me di cuenta y me entró el espasmo, como a Samsa cuando amaneció insecto. Restregué las manos contra las sábanas intentando quitarme la idea. Raspé tanto la tela que se rasgó a mis pies (es que ya estaba algo gastada por otras manos y otras ansiedades).
Y es que ahora vengo a caer en esta realidad terrible y tangible. Perder la capacidad de aterrarme de mis pesadillas no es nada bueno. Es anti-natura, es como respirar bajo el agua o como caer en la subida. No, no es sano. No cuando sólo el miedo es la perorata que te impulsa junto al dolor, porque ambos te dan esa certeza adrenalínica de que todavía te corroe la vida. Y pienso, que por ahí, en una de esas, las pesadillas me han perdido el respeto o mi subconsciente me ha subestimado ¡qué sé yo!
Esto me paralizó y me dejó sentada en la cama de un golpe tétrico y sin aliento. Se esfumó el miedo que me crecía entre los dientes al soñar, será sólo un recuerdo ese “apriete” afilándome las encías. Se anuló el latido en los músculos que los hacía brincar y esos calambres en los tobillos que me los atrofian por segundos casi inacabables. Es como subirse a la montaña rusa y que no se te suba el estómago, que te enamores y que las mariposas no te piquen los intestinos, es como ver un gatito y que no te acorrale esa pavorosa ternura (¡Ay si lo sabré!)
Es que he tenido más pesadillas que sueños benévolos a lo largo de mi existencia. En un 90% todas mis noches están demacradas de pánicos y horrores, desesperación y encogimiento del alma. No hay monstruos, ni gargantas gimiendo, ni caídas, ni bloques de acero paralizando los pies. Hay miedos más míos, casi inenarrables. Más bien una mezcla bizarra entre Dalí y los gnomos de jardín, la ceguera y el mar, más bien el interior de algo rezumando mieles y el exterior de otro suplicando clemencia. No voy a explicarlas ni contarlas, pues no vienen al caso.
Sí he de contar que algunas se han ido gastando con los años, otras son viejas amigas de mi niñez y otras me aplastan el cerebro y me dejan más cansada al despertar que al acostarme. Someterme todas las noches a este asesinato cerebral no fue fácil al principio y hasta recuerdo haber rodado por la cama y acabar en el suelo en uno de mis cruentos escapes. Despertarme asfixiada buscando oxígeno. Todo esto se había vuelto tan rutinario, lo sé. Ahora pago las consecuencias.
Sueño en colores, sin gritos ni ruidos. Siempre regurgitando los mismos pánicos, las mismas mañas intelectuales y los mismos designios funestos. Escenas que me llevan siempre a ese lugar sin retorno y a la desesperación frenética. Mis pesadillas son arrancadas de raíz y de neuronas poco eléctricas. Siempre son crueles y dominantes, taimadas de ahogos y medio frías. Pero mías. ¡Oh, tan mías!
La cuestión es que me desayuné con la sensación fúnebre de haberme enamorado de todos mis mundos enfermos y me sentí de pronto un poco huérfana de mis propios sueños. Ahora pensando con más calma, llego a la conclusión, de que quizá la costumbre de convivir con ellas noche tras noche me ha inmunizado, como a esos viejos amantes que ya no cuajan ni con magia, ni con terapia y por ningún costado.
Una de dos: Se me han vuelto demasiado comunes para esta mente mía (siempre ávida de nuevos y macabros hallazgos) o la realidad me las ha arrebatado ya de manera irreparable e irreversible.
¿Ya no sentiré el espanto de antaño, ni me temblequeará el cuerpo cuando despierte al llegar al límite del submundo? Lo siento y se me hacen cicatrices. Lo pienso y me derrumba. Debería proponerme nuevas y más brutales pesadillas, pero es que mis miedos siempre han sido los que no asustan a nadie más que a mí misma.
Tan ilógicos son mis terrores que se han vuelto pequeñas obsesiones compulsivas en mi vida paralela y real, escapando de aquella otra rellena de metafóricas alucinaciones. Y es que mis pesadillas regurgitan esa cosa bizarra de la que están hechos las momias, las letras de Manson y los cuadros impresionistas. Sólo mi “otro yo” puede crearlas y jamás he aprendido a dominarlo.
Sin embargo, ahora que debo ir a dormir corroboro la verdadera magnitud de esta tragedia. El pavor, el miedo, el terror y el horror de verme despojada de este veneno me están aplastando. Esta calamidad bendita que retorcía mis noches y las hacía más oscuras y más siniestras que esta tan mediocre ¿a dónde irá a parar? Y ahora todo se me semeja comunacho e insulso, casi sin mella, sin dedo en la llaga y sin sangre en la herida.
Esta adicción que me absorbió hasta la última gota de serotonina cerebral parece llegar a su fin. Se acabó el after hour, ahora el pánico se me da antes de salir al ruedo. Maldito enroque de tiempos. Y tengo esta premonición irreversible: me parece que el miedo de no tener miedo me va a aterrar en más de una vida.
Marilyn Manson - Sweet Dreams (mi versión favorita ^^ prefiero el video pero no se puede embeber SHIT! <.<)
Who am I to disagree?"
Imagen: "Wake me up inside" by Kadysha


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